domingo, 25 de marzo de 2018

Humor conmovedor







Gente famosa en situaciones diferentes

Eddie Van Halen y David Lee Roth en McDonald's, 1978.

Elon Musk con 17 años, con dos sombreros y sosteniendo un martillo... Claramente su genio comenzó temprano

Tupac abre regalos de Navidad.

Steven Spielberg en el set de JAWS. Muchas preguntas.

Henry Rollins e Ian MacKaye, cuando trabajaban en Häagen-Dazs.

Jack Black en su juventud.

Según Mark Zuckerberg los primeros usuarios de Facebook eran unos "malditos idiotas"

Mucho antes de que la privacidad se convirtiera en un tema delicado en Facebook, el fundador de la red social calificó a sus primeros usuarios como imbéciles por haberle entregado sus datos.


Esta semana Facebook se vio envuelto en uno de los mayores escándalos de filtración: se reveló que una compañía llamada Cambridge Analytica había recopilado datos personales de 50 millones de perfiles de la red social para manipular a los votantes e influir en el resultado de los comicios presidenciales de EE.UU. de 2016.

El propio fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, tuvo que admitir que la red social "cometió muchos errores" y se comprometió a tomar aún más medidas destinadas a proteger la información de los usuarios.

Sin embargo, el manejo rudo por parte de Facebook de los datos de los usuarios aparentemente comenzó años antes. En medio del escándalo actual, varios medios internacionales volvieron a sacar a luz una conversación de Zuckerberg con un amigo no identificado, que supuestamente tuvo lugar en 2004.

En 2010, Business Insider publicó el grosero intercambio de mensajes instantáneos del fundador de Facebook:

• Zuck: Sí, así que si alguna vez necesitas información sobre alguien en Harvard.
• Zuck: Solo pregunta.
• Zuck: Tengo más de 4.000 correos electrónicos, fotos, direcciones, redes sociales.
• [Amigo de Zuck]: ¿Qué? ¿Cómo conseguiste eso?
• Zuck: La gente simplemente lo envió.
• No sé por qué.
• Ellos confían en mí".
• Malditos idiotas.

Cabe destacar que el multimillonario tenía solo 19 años en ese momento, pero su despectiva despreocupación por los usuarios de Facebook sorprende al público incluso ahora. 14 años y múltiples escándalos después, ¿ha cambiado algo?



Los gobiernos terminarán siendo elegidos por Google

Nuestro cerebro no está bien diseñado para razonar y solemos tropezar en sesgos cognitivos. Por eso no es extraño que el pueblo ejerza la democracia de formas que a veces resultan incomprensibles. ¿Por qué votan a ese psicópata? ¿Por qué votan a aquel corrupto? ¿Cómo es posible que se traguen esa demagogia tan simplona?

No se trata de que haya votantes sensatos e informados y votantes oligofrénicos: todos, en un momento dado, podemos introducir nuestra papeleta en una urna con la misma falta de juicio. Básicamente, eso sucede porque nuestro cerebro no persigue la verdad y la objetividad, sino que manipula nuestros recuerdos y percepciones a fin de que encajen con ideas preconcebidas.

No son las redes, idiota
Por ejemplo, si Twitter convierten en TT tantas informaciones falsas, no es porque Twitter nos odie, sino porque nosotros mismos solemos retuitear más la información falsa solo por el hecho de que nos inspira temor, disgusto y sorpresa o sencillamente confirma que tenemos razón. Es lo que acaban de demostrar en un reciente estudio Soroush Vosoughi y sus colegas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Tras evaluar datos que incluyeron aproximadamente 126.000 historias tuiteadas por 3 millones de personas más de 4,5 millones de veces, concluyeron que hay un 70% más de probabilidad que una noticia falsa se retuitee, sobre todo si se trata de una noticia política.

Son los algoritmos
Si partimos de la base de que nuestro cerebro no es fiable, la cosa se complica si introducimos más elementos de distorsión en la información. El principal en la actualidad, por encima de directores de periódico fanatizados o televisiones subvencionadas por el poder, son los algortimos.

Como decía el teórico de los medios de comunicación Marshall McLuhan: «Damos forma a nuestras herramientas, luego ellas nos dan forma a nosotros». McLuhan todavía no conocía el poder de los algoritmos. De haberlo hecho, hubiera sustituido el término herramienta por algoritmo.

La diferencia entre los medios de comunicación tradicionales y los algorítmicos es que los primeros siempre proporcionan los mismos contenidos, y es el consumidor el que, activamente, selecciona los mismos (en la medida de sus posibilidades ideológicas, naturalmente).

Sin embargo, los motores de búsqueda, como Google, proporcionan sus listas de resultados inadvertidamente a través de una serie de sesgos invisibles. Y el principal problema es que los algoritmos que subyacen a estos filtros suelen ser secretos, y no suelen perseguir nuestro bien, sino, en el mejor de los casos, el bien financiero de la empresa que los ha desarrollado.

Los algoritmos, además de informarnos sesgadamente, nos aísla de personas informadas bajo el yugo de otros algoritmos personalizados. De modo que la distancia ideológica con los demás se agranda. La disposición para debatir se diluye. Las fronteras metafóricas y literales se refuerzan. Tal y como explica Eli Pariser en su libro El filtro burbuja:

En la burbuja de filtros hay menos margen para los encuentros casuales que aportan conocimientos y aprendizaje. Con frecuencia la creatividad se produce gracias a la colisión de ideas procedentes de diferentes disciplinas y culturas.
Todo ello resulta inquietante, pero todavía lo es más el hecho de que los algoritmos suelen ser opacos, secretos, inescrutables, a la vez que puede modificarse sin conocimiento expreso de los usuarios.

Hace poco, dos investigadores, Robert Epstein y Ronald E. Robertson, solicitaron a votantes indecisos en Estados Unidos e India que empleara el motor de búsqueda de Google para informarse sobre las elecciones que iban a celebrarse poco después. Los motores se programaron para que sesgaran los resultados, favoreciendo un partido frente al otro. Estos resultaron cambiaron en un 20% las preferencias del voto.

Estos sesgos se incluyeron artificialmente para llevar a cabo el estudio. Pero ¿y si Google optara por incluirlos por motivos empresariales, políticos o económicos? Dado que sus algoritmos son secreto de mercado y que, según Pew Research Center, un 73 % de los estadounidenses cree que los resultados de las búsquedas son rigurosos e imparciales, Google podría socavar la democracia con relativa facilidad.


Morror, el espejo que te enseña a maquillarte

«Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?», preguntaba la malvada madrastra de Blancanieves a su espejo mágico. Y si ese espejo se hubiera llamado Morror, seguramente la respuesta hubiera sido: «Déjate de tonterías y quítate eso de la cara ya mismo, mamarracha. Y aprende de este tutorial tan majo que ha hecho esta chica para aplicarse el eyeliner».


Porque eso es lo que hace este espejo mágico que ha creado un equipo formado por jóvenes de distintos puntos del planeta, la mayoría diseñadores e ingenieros en la empresa tecnológica Xiaomi.

No solo funciona como lo que es, un espejo, sino que también puede hacer las veces de asistente personal ofreciendo al usuario tutoriales de maquillaje. Con solo apretar un botón, Morror puede pasar de ser un simple objeto que refleja tu imagen a un asistente personal que te guiará por el difícil y sacrificado camino de la belleza.


Eso de pintarte un ojo mientras con el otro estás mirando en el móvil cómo lo hace tu guía, y acabar con la cara como un oso panda, tiene sus días contados, según la compañía Xiaomi. Además, también ofrece la iluminación perfecta porque imita la luz natural. Y quien dice tutoriales de belleza dice también consejos para darte un masaje facial. Lo único que le faltan son las manos para que no seas tú quien tenga que dárselo. La perfección no existe, lo sentimos.

Las bondades del espejo no acaban aquí. Puestos a tener información, además de saber cómo aplicarte la base de maquillaje y el colorete para resaltar los pómulos, Morror te indica también la temperatura exterior y el tiempo que hace, no vaya a ser que después de tanto esfuerzo disimulando el grano hipnótico que te ha salido en la nariz, venga la borrasca y te fastidie las capas y capas de pote que te has tenido que colocar para taparlo. Incluso te avisa para que no te líes demasiado con el tema de la autocontemplación y la remodelación facial, y no tengas excusa para llegar tarde.


El prototipo ya está en marcha y la campaña que lanzó la empresa en Kickstarter para financiarlo ha tenido tanto éxito que ya han recaudado más dinero del necesario para poder producirlo a partir de mayo.

Blancanieves se hubiera vuelto negra de celos. Y la madrastra habría aprendido a maquillarse de manera natural sin parecer una puerta o eso mismo, una madrastra mala, fea y pintada de más.




10 cosas que tu auto dice de ti

  1. Te gusta tomar riesgos económicos. Ciertos autos están diseñados para llamar la atención: piensa en autos deportivos, modelos muy caros y carrocerías pintadas en rojo. Si bien manejar este tipo de auto hará que llames la atención, significa que también estás dispuesto a impactar de forma negativa, afirma la doctora Susan Henney, profesora de psicología en la Universidad de Houston. Se ha demostrado que los autos rojos y los modelos deportivos son los que más detiene la policía y son codiciados por los ladrones, así que al poseer uno estás diciendo que atraer la admiración de los demás bien vale el precio que a veces tienes que pagar.
  2. Si tienes una minivan con tres filas de asientos… Amas estar en grupo. No son la practicidad, la seguridad ni el espacio lo que han convertido a las minivanes en los vehículos por excelencia de las mamás (aunque todo se agradece). Es, más bien, el número de niños que pueden transportarse en ellas, explica Henney. “Estos modelos demuestran que sueles definirte por tu relación con tus niños, y entre más haya en tu auto, mejor te sentirás”, explica. “Le dice al mundo que eres la responsable de la ronda escolar y que, con ello, eres valorada e importante”.
  3. Si elegiste faros LED ultrabrillantes…. Eres tu única prioridad. Lo último en faros con tecnología LED ofrece brillo intenso con menos potencia, mucho más que los tradicionales faros de halógeno. Si bien son muy útiles cuando conduces a medianoche por un camino sin luces, también representan un peligro porque pueden cegar a otros conductores. Al usar este tipo de faros dices “mi comodidad es más importante que tu seguridad”; esto, de acuerdo con Henney, demuestra una gran falta de empatía y consideración hacia los demás.
  4. Si tienes una calcomanía de una familia… Tu estatus es lo que más te importa. La mayoría de los expertos en seguridad están de acuerdo: esas populares calcomanías que muestran la conformación de tu familia pueden ser peligrosas. No solo indicas cuántos integrantes tiene, sino que en algunos casos incluyen los nombres de tus hijos, sus edades, sus pasatiempos y hasta si tienes mascota, información que los criminales pueden usar para dañarte. Sin embargo, las familias siguen adhiriéndolas a sus autos. ¿Por qué? “Porque son una manera de definir tu lugar en la jerarquía social, declarando tu estatus y mostrando a los demás que consideras a tu familia superior al resto”, explica Henney.
  5. Si tienes una calcomanía de tu equipo favorito… Eres el alma de la fiesta. Identificarte en público con un equipo deportivo (sea con una camiseta, un gorro o una calcomanía) es una forma sencilla de sentir que perteneces a un grupo, afirma Henney. “Las personas adquieren las características de sus equipos favoritos”, dice. ¿Tu equipo favorito es un triunfador? ¿El “ya-merito”? ¿Está lleno de famosos? Inconscientemente, tú también eres así.
  6. Si manejas una pick-up enorme… Te falta confianza en ti mismo. A diferencia de la creencia popular, las personas que confían más en ellas mismas no conducen los autos más grandes y llamativos. Al contrario, entre más grande sea tu auto, tu confianza seguramente es menor, afirma Henney. “Con tu vehículo, buscas compensar la falta de poder que sientes en algún aspecto de tu vida”. Y es todavía más evidente si, para ser francos, no necesitas un vehículo tan grande.
  7. Si elegiste una SUV… Tu prioridad es la seguridad. Las SUVs dominan los caminos, ocupan más espacio que la mayoría de los autos y ubican al conductor en una posición más alta en comparación con los demás. Combínalo con el hecho de que suelen usarse para transportar familias y descubrirás a alguien a quien le preocupa mucho la seguridad, sobre todo si sufre un accidente.
  8. Si tienes una calcomanía política…. Eres extrovertido. Pegar una calcomanía con tus creencias políticas es una forma fácil de compartirlas, pero también simboliza que crees ser diferente a las personas comunes (sin importar el partido o candidato que apoyes), explica Henney. Obtienes satisfacción de sentirte especial o siendo parte de una “minoría virtuosa”, que es la razón por la cual deseas compartirlo públicamente.
  9. Si traes un aromatizante exótico… Tu individualidad es fundamental. Existen tantos aromas y diseños de aromatizantes como personas hay, y el que elijas para tu auto dice mucho acerca de tu personalidad. Te guste ir al campo, pasear por la playa o estar bajo el sol, fabricantes y diseñadores han creado el aromatizante perfecto para tu personalidad.
  10. Si abres la puerta o la cajuela y lo primero que sale es basura… Haces demasiadas cosas al mismo tiempo. Si tu auto está lleno de correo basura, envolturas de comida, latas, calcetines sucios y cosas que ya no recuerdas cómo llegaron ahí, estás frente a una manifestación física de tu estado mental. Según la psicóloga Nicole Cutts de Business2Community, “no importa qué vehículo manejes: la forma en que lo mantengas por dentro y por fuera habla mucho sobre tu personalidad”. Y si está hecho un desastre, quizá estés diciéndole a los otros que no puedes concentrarte, que estás muy ocupado, que eres muy flojo, que no te interesa la limpieza… o todo al mismo tiempo. Solo recuerda que limpiar tu auto no tiene por qué ser una tarea titánica.



Soy un "loser"...¿y qué?

El éxito es un ciempiés negro que se hace el muerto para que lo atrapes. Pero una vez que te aproximas, penetra por cualquier orificio para instalarse en tu interior. Y desde ese lugar te exige, te reprende, te castiga o te amenaza.

El éxito es la mentira que el poder te cuenta para ponerte a su servicio. La promesa incumplida. El vértice de la cima que nunca ocuparás.

Pero antes de deprimirnos, conviene aclarar un tema: el éxito es una narración. Algo inexistente nacido de la necesidad de generar un sistema de cohesión dentro de un modelo económico específico: el capitalismo.

Al igual que el socialismo construyó todo su discurso ideológico sobre la igualdad, el nazismo sobre la pureza o el nacionalismo sobre la identidad, el capitalismo lo ha hecho sobre el éxito.

El éxito es la opción que el capitalismo dice proporcionarte. Y solo dependerá de ti el llegar o no a alcanzarlo. Si lo logras, serás un winner y tendrás acceso a todos los privilegios del sistema. Si no, serás un loser despreciado por cometer el mayor de los pecados: haber tenido la oportunidad y no haber sabido aprovecharla.

Esta es la ventaja de un modelo basado en el éxito. Que en él, los fracasos individuales, por muy masivos que sean, jamás serán imputados al sistema, sino a los errores o a las incapacidades de cada uno.

Se trata de una concepción del mundo altamente provechosa para dicho modelo económico, porque permite justificar cualquier fractura haciendo caer la culpa siempre del mismo lado. Y también, ya de paso, negar lo evidente a partir del siguiente discurso:

¿Barreras sociales? ¡Por supuesto que no existen! Prueba de ello es que podemos mostrarte centenares de casos de winners que las han superado. Si tú, en cambio, naciste y moriste en la misma franja económica, no es porque el sistema no sea flexible, es porque eres un loser.

Por supuesto, el problema de este modelo es el coste sicológico y social para los pretendidos perdedores. Porque al haberse ponderado tanto el valor del éxito, el fracaso se ha convertido en un abismal desgarro para el que lo sufre.

Esto ha sido así durante mucho tiempo. Pero ahora, con la llegada de la economía 4.0, la situación ha empeorado. Primero, en el plano económico, pues la ingente acumulación de capital en unas pocas manos ha acrecentado el número de losers, al reducir las amplias capas de la clase media que amortiguaban el conflicto entre los extremos. Y además, como si esto fuera poco, la exaltación mediática del nuevo icono winner, con personajes como Bill Gates, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Sundar Pichai, han disparado la percepción del éxito a niveles inalcanzables.

Niveles que, como efecto rebote, están llevando a muchos integrantes de las nuevas generaciones a abandonar esa irracional carrera, dándole la vuelta al papel de loser y convirtiéndolos en los winners del futuro. Es decir, en las personas que no están dispuestas a dejarse la vida en un trabajo extenuante por un precio que jamás compensará lo que obtienen por ello.





El miedo histórico a la vagina

En 1972, se lanzó al espacio la sonda espacial Pioneer. La nave contenía unas placas inscritas con un mensaje. Así, un hipotético encuentro extraterrestre con la sonda daría una idea aproximada del tipo de seres que enviaban la nave y, vista la naturaleza del mensaje, de su calaña.

Las placas fueron diseñadas por Carl Sagan y Frank Drake, y dibujadas por Lisa Salzman Sagan. Mostraban un esquema que permitía situar a la Tierra en el universo –más o menos– y la representación de dos figuras humanas: una masculina y otra femenina.

A la masculina le cuelga un escroto y un pene. Todo en orden. Bueno, ya me entiendes. Sin embargo, cuando un marciano venga a la Tierra a ver un Madrid-Barça o un concierto de C. Tangana y se encuentre, por el motivo que sea, a una mujer desnuda ante sí, comprobará con estupor que «¡esto no es lo que prometía el catálogo que recibimos en la Pioneer!».

Ahí donde debería existir una representación simbólica de un aparato reproductor femenino, no hay nada. Vacío. Blanco. Como en las muñecas de Famosa.

La leyenda cuenta que Carl Sagan pensó que la NASA habría rechazado un dibujo más explícito. Analicemos: Carl Sagan pensó que si dibujaba una rayica vertical o algo similar para denotar que había una vulva ahí abajo, alguien en la NASA se escandalizaría y el dibujo no formaría parte del contenido de la Pioneer.

Imagina que algún extraterrestre se encuentra luego el dibujo y pregunta indignado: «¿Pero qué mierda extremadamente explícita y ofensiva es esta que nos hace llegar esta remota civilización? ¡Aniquilemos a esos cerdos con nuestros rayos Z!». Suena lógico.

Esa aprensión histórica a la vulva femenina es el tema central del cómic sueco El fruto prohibido, escrito y dibujado por Liv Strömquist y lanzado en febrero por Reservoir Books.




Adictamente no lleva tilde (un relato ortográfico)

Doña Teresa siempre había deseado tener hijos. Pero la naturaleza, que tiene sus cosas y sus caprichos, no parecía dispuesta a convertirla en madre. Pasaban los años y a pesar de intentarlo con ahínco (y con mucho gusto, todo hay que decirlo), el niño no terminaba de llegar.

Así que aburrida, decidió adoptar a un perro y volcar sobre aquel cachorrillo todo el amor maternal que no podía regalar a un bebé de carne y hueso. El perro era feo, para qué andar con florituras. Pero alegraba la vida de doña Teresa con esa fidelidad absoluta que solo un can puede tener.

Doña Teresa y su santo esposo seguían intentando día a día (o noche a noche, para eso no había horario) el milagro de convertirse en padres y cuando ya pensaban que tanto fornicar no daría fruto, la buena mujer quedó embarazada.

El niño que nació para cumplir su deseo de ser madre salió más rana que los concejales a Esperanza Aguirre, y lejos de convertirse en un adolescente encantador (si es que «adolescente» y «encantador» pueden ir juntos en una misma frase), el chaval resultó ser un figura de esas que mas vale perder que encontrar...

Afortunadamente, doña Teresa tenía a su perro, que también había crecido como su hermano humano, pero cuyo carácter era muchísimo más encantador que el del muchacho. La buena mujer enfermó a disgustos y murió antes de que sus dos hijos, el perruno y el humano, pudieran verla envejecer. La muerte de su marido un par de años antes y el carácter agrio del muchacho acabaron con su salud.

Pero cuando el hijo se presentó ante el notario para conocer el testamento de su madre, se llevó la sorpresa de su vida. Doña Teresa había dejado como único heredero de todos sus bienes a su perro, regalando al figura de su vástago una magnífica peineta (de las metafóricas, se entiende).

Y hablando de testamentos, ¿quién hereda la tilde en los adverbios acabados en -mente?, ¿el adjetivo base o la terminación? Pues el adjetivo. Aunque siempre que este la llevara antes de unirse (en pecado o no, que lo decidan otras mentes biempensantes) a -mente.

Por tanto, escribiremos ágilmente, rápidamente o cortésmente porque tanto ágil como rápido y como cortés ya lucían la tilde en todo lo alto. Por el contrario, escribimos adictamente, fugazmente, tranquilamente o normalmente porque ninguna de ellas llevan tilde cuando solo son adjetivos.

No está mal recordar que estos adverbios son palabras excepcionales porque conservan dos acentos: el del adjetivo base y el de la terminación. Por esa singularidad prosódica, su acentuación gráfica supone una excepción ya que si tuviéramos en cuenta solo las normas ortográficas, ninguna de ellas llevaría tilde al ser todas palabras llanas que acaban en vocal.

Y ya que estamos liados con estas palabritas, una bola extra como propina: si queremos enlazar dos o más adverbios de este tipo, lo suyo es eliminar la terminación -mente del primero: furtiva y satisfactoriamente. No es que sea incorrecto decir furtivamente y satisfactoriamente, pero queda feo. Muuuuuy feo.





Te autoengañas (sin importar lo que digas)

Si crees que no te engañas a ti mismo, te estás mintiendo por partida doble: por las falsedades originales y por la osadía de creer que no existen trampas en tu mente. Hay grados. Hay engaños más empecinados (o aplicados a una parcela de la personalidad más visible y refutable para los demás) y engaños más dispersos e íntimos. Los hay más hábiles y más torpes.

Pero te engañas, y engañas de paso a tus seres queridos. No te sientas culpable: ellos también lo hacen. Que ese embauque tenga o no consecuencias dañinas para los demás es otra historia.

Algunos expertos califican el autoengaño como una maniobra evolutiva para perfeccionar nuestra capacidad de mentir. El antropólogo y biólogo Robert Trivers explicó esta utilidad en una entrevista con Eduard Punset: «Cuanto mejor te engañas a ti mismo, mejor engañas a los demás. La mejor forma de ocultar un engaño es no ser consciente de él».

Trivers afirmó que mentir conscientemente agota al cerebro, consume energía y engendra contradicciones que pueden menguar la capacidad de la mente para realizar tareas cognitivas, aunque estas no tengan relación con la sustancia del embuste.

Haciéndonos trucos de humo mitigamos el remordimiento y el bloqueo, «pero a la larga puede desencadenarse un desastre», advirtió Trivers. «Al empezar a comunicarnos con el lenguaje, aumentaron muchísimo las posibilidades de engaño y las de autoengaño», dijo. El éxito de una falsedad depende de su apariencia y su encadenamiento lógico, esto es, de las palabras y los conceptos con que se construye.

Pero, muchas veces, uno puede saber que la realidad no es como la siente y aun así creérsela del modo equivocado. José María Caballero Pacheco, psicólogo clínico, propone el ejemplo del hipocondríaco como la antítesis del autoengañado.

La probabilidad de morir existe. El cerebro o el corazón, víctimas de un mal no revelado, podrían colapsar cualquier noche. La diferencia entre un hipocondríaco y alguien que no lo es radica en que el primero no puede negarse (engañarse) esa posibilidad. Los que no viven acosados por ese pánico pueden tomar consciencia de la posibilidad de desaparecer, pero no la sienten porque bloquean el acceso de esa certeza a sus emociones.

Como cuenta Caballero Pacheco, en el hipocondríaco no solo cala esa verdad estadística, él, además, cree que puede resolver el problema acudiendo al médico, recibiendo diagnóstico y tratándose a tiempo. Cuando el médico descarta un posible mal, se relaja, pero dura poco porque no es capaz de maquillar una realidad que los demás sí regatean: la incertidumbre. No hay ninguna ley que impida que una vida estalle de un momento a otro, pero preferimos no verlo. A cierta escala, el autoengaño es fundamental para la supervivencia y la felicidad.

Autoengaños e incompetencia
El nivel de autoengaño difiere de una persona a otra. Como cuenta el libro El prestigio de la lejanía. Ilusión, autoengaño y utopía de Miguel Catalán, Justin Kruger y David Dunning realizaron un experimento con 45 alumnos universitarios. Había dos pruebas. Una primera de razonamiento lógico y una segunda en la que se preguntaba cómo creían que habían resuelto la primera.

Los que respondieron peor al test inicial se mostraron seguros y optimistas en la segunda prueba, y los que obtuvieron mejor resultado se pronunciaron con más dudas y más prudencia. La conclusión: «La mejor forma de hacer que alguien reconozca su ignorancia es hacerle menos ignorante».

Aquello se bautizó con el nombre de los investigadores, efecto Dunning-Kruger (lo cual resulta pretencioso ya que se trata de un fenómeno que muchos habían advertido sin necesidad de experimentos. ¿Creyeron descubrir algo cuando, en realidad, efectuaban una comprobación? ¿Será la propia denominación un ejemplo de autoengaño?).

Un artículo de Quartz destaca otra distorsión: la desviación egocéntrica. Un caso: a dos personas les preguntan en un test sobre un asunto preciso (pensiones, desempleo, ecologismo…), responden y después les hacen intercambiarse los formularios. Si en ese momento se les consulta si quieren alterar su respuesta, generalmente, otorgan más importancia a su propia visión que a la del otro; no importa que sean legos en la materia, tenderán en darse la razón a sí mismos.

El mecanismo del autoengaño afecta también a la vida personal. Funciona mediante dos impulsos: la alerta, la fijación en el miedo y la huida. Si percibes que tu relación de pareja se ha secado, sufres una turbación. Algo te dice que debes tomar una decisión que trastocará tu estabilidad y causará un dolor imprevisible.

Hay otra opción: construir una realidad alternativa, hilvanar un relato coherente por el cual merezca la pena seguir atado. Prestar atención solo a los restos positivos de la relación y desproporcionarlos hasta que equilibren la balanza, o envolverte en una razón que te haga pasar por bueno y sacrificado: lo hago por ella, qué iba a hacer ella sin mí, resistiré por los niños.

Según David Dunning, autoevaluarse puede relajar la enredadera del autoengaño. Hay que tratar de averiguar los intereses propios que subyacen bajo una creencia o una convicción para comprender si proceden de hechos asentados o, en cambio, se han cimentado sobre lo irracional.

Nadie queda libre de esta distorsión. Nadie se conoce de verdad y en esencia. De hecho, es imposible. El conócete a ti mismo es otro embauque, quizá peor que otros. Asumir un autoconocimiento pleno baja tus defensas porque te convierte en soberbio.

Todo acto de observación escoge unos relieves y obvia otros hasta el punto de que dejan de existir para el observador. El proceso se deforma más si el objeto que se mira es uno mismo o alguien con quien nos enlaza un vínculo afectivo.

Nadie está a salvo. Quienes valoran con cautela su capacidad intelectual, pueden, por otro lado, considerarse más carismáticos de lo que son. Quienes aseguran calar rápidamente a los demás y captar sus fallas, probablemente, nunca mirarán a nadie directamente porque prefieren satisfacer una necesidad ególatra: clasificar es un acto pretencioso, una apropiación del otro.

Toda persona tiene puntos ciegos como señaló Cristina Llagostera en un artículo de El País Semanal: tenemos lagunas mentales que «tienden a ser rellenadas con fantasías, explicaciones racionales o imaginaciones». Todos nos mentimos. Si después de leer el artículo, te visitas el ombligo y crees que está limpio; si no dudas, si consideras que tu mapa sobre ti mismo se ajusta a la realidad, tal vez vivas en un punto ciego, y tal vez, el día que escuches a hurtadillas a tus amigos hablando sobre ti, descubrirás que no eres quien crees.