domingo, 25 de junio de 2017

La sorprendente transformación de las actrices de la serie: "Orange is the new black"

Julie Lake /Angie Rice

Francesca Curran / Skinhead Helen

Dale Soules / Frieda Berlin

Kelly Karbacz / Kasey Sankey

Rosal Colon / Ouija

Asia Kate Dillon / Brandy Epps

Hace siglos todos circulábamos por la izquierda ¿por qué cambiamos a la derecha?

Si hay una costumbre británica conocida fuera del Reino Unido es la de circular por la izquierda en la carretera. La norma se suele tachar de extravagancia, pero lo cierto es que no es el único país que la tiene. Es más, hace siglos en tu país también circulaban por la izquierda.

Más que preguntarse por qué en Reino Unido circulan por la izquierda, la cuestión interesante es por qué en el resto del mundo decidimos comenzar a hacerlo por la derecha. Gran parte de la culpa (pero no toda ni mucho menos) la tiene el magnate estadounidense Henry Ford.

En 1988, un equipo de arqueólogos descubrió un camino de la época de la antigua Roma. Las marcas de rodadura y de pisadas más fuertes estaban en el lado izquierdo. No es el único ejemplo. Las pruebas arqueológicas y los documentos históricos apuntan a que el ser humano lleva circulando por la izquierda desde hace siglos.

La razón de esta costumbre es una curiosa mezcla de seguridad con la prevalencia de los diestros sobre los zurdos. Apenas entre un 8 y un 13% de la población es zurda. El resto son diestros. En la antigua Roma o la edad media no era raro que la gente circulara con algún arma para defenderse, fuera una espada, un hacha, una pica, o un humilde bastón. El 85% de los viajeros manejaban esas armas con la mano derecha.

Desenvainar la espada a tiempo

A la hora de aventurarse por los caminos, los viajeros solían elegir el lado izquierdo porque eso les permitía preparar el arma más rápido en caso de que necesitaran defenderse. La primera ley que convirtió esa costumbre en obligación fue un edicto del Papa Bonifacio VIII que instaba a los peregrinos del Camino de Santiago a circular por la izquierda, probablemente también por su propia seguridad. En 1756, el Reino Unido emitió una norma recomendando a los jinetes y conductores de carruaje circular por la izquierda al cruzar el puente de Londres, pero probablemente se trataba de una ley práctica con vistas a facilitar el tránsito por el puente. La normalización de circular por la izquierda en Reino Unido no llegó hasta la Highways Bill de 1835.

¿Y en otros países? Pues resulta que circular por la izquierda era la práctica habitual en muchos lugares. A comienzos del siglo XX se tiene constancia de que se circulaba por la izquierda en buena parte de Canadá, Rusia, Hungría, Checoslovaquia, partes de Austria, Suecia, Islandia, Argentina, Uruguay, Paraguay, partes de Brasil, partes de Chile, partes de Italia, China, Filipinas y Birmania.

Se suele decir que Napoleón (que era zurdo) fue uno de los responsables de que hoy se circule por la derecha porque impuso esta norma en los países que conquistó. En realidad no es cierto. Lo que hizo es mantener (en Francia) una costumbre simbólica de la revolución francesa que obligaba a todos los viajeros a circular por la derecha para ser iguales. Hasta entonces, solo los plebeyos circulaban por la derecha para evitar ser arrollados por los caballos y carruajes de los señores, que iban por la izquierda.

Ibas a hacer algo y un segundo antes olvidas qué era: eso ocurre porque tu cerebro está sano

Entras en una habitación con la determinación del que sabe perfectamente a lo que va. De repente, te paras. Un momento... ¿Qué venía yo a hacer aquí? ¡Maldita sea! Si lo acabo de pensar. ¿Cómo se me ha podido olvidar? Si esto te ha pasado alguna vez, no te preocupes. No estás perdiendo la cabeza.

Es inevitable sentir una punzada de terror cuando sufrimos lapsus tan aparentemente importantes, pero lo cierto es que ese tipo de despistes no solo son perfectamente normales, sino que son la prueba de que nuestro cerebro funciona como debe (al menos en términos de atención y memoria). Se deben a algo denominado Efecto Umbral.

El nombre no es casual. Resulta que nuestro cerebro tiene más posibilidades de olvidar lo que estamos haciendo solo por el hecho de cambiar de habitación. A veces también ocurre cuando interrumpimos una idea con otra. Pedimos a otra persona que nos preste atención porque queremos decir algo importante, y cuando vamos a decirlo se nos ha olvidado completamente. El Efecto Umbral haciendo de las suyas de nuevo.

Aunque a menudo asociamos la memoria con la imagen de una especie de disco duro en el que grabamos las cosas como si fueran archivos, lo cierto es que el cerebro no funciona así para nada. En realidad, el interior de nuestra cabeza es más un superordenador que lleva a cabo múltiples tareas al mismo tiempo y balancea la carga de esas tareas en función de los estímulos que le llegan del entorno.

Cuando cambiamos de una estancia a otra, el cerebro tiende a establecer un nuevo marco de experiencias para la memoria. En cierto modo es como si pasara página para apuntar lo que sucede en esa habitación en una hoja limpia del cuaderno. La atención se enfoca en un nuevo escenario y, a resultas de ese salto, a menudo se olvida de alguno de los procesos que teníamos funcionando en ese momento. El fenómeno no depende de la distancia recorrida, sino del hecho de cruzar un umbral para cambiar de habitación, de ahí su nombre.

En 2011, un grupo de investigadores de la Universidad de Notre Dame en Indiana, Estados Unidos, realizó un experimento con 55 estudiantes perfectamente sanos. La primer parte consistía en deambular por la casa virtual de un videojuego llevando objetos dentro de una caja. Cada cierto tiempo se les preguntaba qué objeto estaban llevando. El resultado demostró que, al atravesar umbrales entre estancias, los estudiantes olvidaban lo que estaban cargando con mucha más facilidad. En una segunda parte del estudio recrearon el experimento usando una casa real con idénticos resultados. Cambiar de estancia resetea la atención y el cerebro elige qué objetos a los que estaba prestando atención en ese momento no es necesario recordar en ese momento.

Curiosamente, ningún estudio ha logrado explicar cómo ocurre exactamente el Efecto Umbral, ni como evitar que se produzca. Probablemente utilizar trucos mnemotécnicos ayude, pero se trata de una cuestión de atención, y el cerebro no puede prestar atención a todo, todo el tiempo.




La forma insultantemente simple de conservar los tomates por mucho mas tiempo

Nada de envolverlos en papel de periódico, ni meterlos en agua o usar extravagantes recipientes. Lograr que tus tomates permanezcan hidratados y lozanos durante más tiempo es una cuestión tan sencilla como darles la vuelta. El especialista en gestión culinaria J. Kenji López lo explica así.


La razón por la que los tomates pierden su tersura es porque pierden agua. La piel de esta hortaliza hace un excelente papel conservando la humedad en el interior, pero tiene un punto débil, que es el lugar por donde están conectados al pedínculo y de ahí al resto de la planta.

La manera de evitar que el agua del tomate se pierda demasiado rápido por ahí es tan sencilla como conservarlos siempre con esa parte mirando hacia debajo y pegada al plato. Si tiene restos de pedínculo (las hojitas verdes) es mejor quitarlas. Si el tomate tiene alguna rotura, este truco te servirá de bien poco, porque perderá agua por ahí y se pudrirá más rápido.


Una manera alternativa, pero más engorrosa de proteger esta parte es mediante una pequeña tira de cinta adhesiva, pero en general basta con poner ese punto hacia abajo. Finalmente, lo de no conservarlos en la nevera porque pierden el sabor es un mito a medias. Si no vamos a consumirlos en unos cuantos días es mejor dejarlos en el compartimento de fruta y verdura de la nevera. La única precaución es dejarlos calentar antes de comerlos para que recuperen todo su sabor.



El "modo oscuro": otro intento de estafa por Whatsapp

En los últimos días se viralizó la posibilidad de utilizar la versión de WhatsApp web en modo oscuro para reducir el cansancio ocular. Sin embargo, las alarmas se prendieron cuando se advirtió que se trata de una modalidad que estaba en la web.


Para activar esta opción hay que buscar la extensión BlackWhats de Chrome dentro de Chrome Stores, un addon involucrado en la instalación de adware, publicidad no deseada, en computadoras personales.


BlackWhats había sido reportado en un intento de estafa anterior, cuando ofrecía la posibilidad del servicio de "WhatsApp en colores".
En este sentido se recomienda a los usuarios no instalar este software a pesar de estar en la tienda oficial de Google.

Humor equivocado







¿Por qué son tan deprimentes las tardes de domingo?

La tarde de los domingos duele. Guardamos un luto inconsciente a cada fin de semana que se acaba. Algo viscoso nos invade y nos quita las ganas de vivir. Una encuesta de 2015 elevaba el número de sufrientes domingueros al 76% de los estadounidenses. Es un fenómeno poco estudiado, pero basta con hacer un sondeo rudimentario preguntando a amigos y a familiares para comprobar que pocos quedan libres de ese brote de tristeza.

Se manifiesta de muchas formas. Los síntomas fluctúan de una sensación a otra. Asco, melancolía, rabia, desazón, vacío, bloqueo, ansiedad, desesperación. Resumiendo: una urticaria emocional. La sacudida se disipa, como muy tarde, después de la incorporación el lunes al puesto de trabajo. La opinión generalizada localiza la causa en la amenaza de una nueva semana. La anticipación de las tareas levantaría una ola de agobio en mitad de las horas que debemos dedicar a la desconexión y al descanso.

Pero, ¿cómo puede la anticipación de algo deprimir más que el hecho en sí? El bajón nos inyecta un nivel de inhabilitación que, si nos atacara en plena jornada, seríamos incapaces de emprender una sola actividad. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Se trata de distribuir de manera eficiente la tristeza adelantándola a un día en el que no nos impide cumplir con nuestras obligaciones? ¿O es, más bien, una frustración producto de un tiempo de descanso que no ha conseguido saciarnos?

Resultaría útil remontarnos a la historia del fin de semana para entender qué hay en sus tripas. Katrina Onstad, en su libro The Weekend Effect, reivindica la utilidad de los días de descanso que la precariedad y la flexibilidad del mercado están echando al sumidero, y para ello recorre la evolución de la implantación de las 48 horas libres.

Según cuenta, a finales del siglo XVIII, los propios trabajadores, de manera tácita, se quedaban en casa los lunes para guardar el «lunes santo»: en realidad, estaban durmiendo la resaca de la religiosa borrachera que se pillaban cada domingo después de misa.

Los trabajadores quemaban el dinero y el agotamiento físico y mental de las cadenas de montaje en bebida, peleas de perros o combates de boxeo. Recuerda Onstad que fue Henry Ford, en 1926, quien decidió implantar la jornada de cinco días. No es que el magnate industrial recibiera una iluminadora visita Lenin en mitad del sueño; lo hizo con una estrategia de consumo. A más tiempo libre, la gente disfrutaría de más tiempo libre para comprar, hacer circular el dinero y estimular las necesidades de producción.

Se trazó el círculo perfecto del capitalismo. Los explotados compensan su propio malestar de maltratados financiando el sistema que los somete. La publicidad, el marketing, poco a poco, década a década, fue tejiendo en la sombra y anexando al consumo una filosofía vital, un humo imposible.

El fin de semana se convirtió en la luz al final del túnel; una luz que deslumbra y estimula y llama, que hace imaginar paraísos, y los paraísos, ya se sabe, los suponemos eternos. Se implantó la idea de un deseo (que no podía satisfacerse —o que solo se conseguía mediante formas de la ilusión como la religión—) y se escribió un itinerario de llegada basado en la compra de objetos o servicios. ¿Podría ser el síndrome del domingo por la tarde un resultado de esta insatisfacción?

El fenómeno, retornando a Onstad, se complica más. El fin de semana se encuentra en peligro de extinción. Hoy, la flexibilidad de horarios, las demandas de producción y servicios, la hiperconectividad y la competencia a todos los niveles han borrado los límites entre la vida personal y la laboral. Así, aumenta la incapacidad del fin de semana para ayudarte a desconectar y borrar los estreses y las inercias del trabajo.

Por esta vía, aparece una nueva negrura en el maremagno de tristezas del domingo: la culpa. Hemos traicionado las aspiraciones del tiempo de descanso. Y si el paraíso, en forma positiva es imposible de palpar, no ocurre lo mismo en su negatividad: la ausencia del edén, cuando creemos no merecerlo, pesa como una losa.

Se barajan otros motivos como causantes del síndrome del domingo. En una nota publicada en CNN, aludían a los sentimientos de la niñez. La ansiedad a separarse de los padres, argumentan algunos expertos, se mantiene hasta la edad adulta en ciertos casos. El miedo a que nos abandonen: quizás una rémora de esa época de recién nacidos en que todo es líquido y pensamos que lo que no se ve no existe. Según esto, todos seríamos un poco más niños en domingo.

Para subsanar ese estado, los psicólogos recomiendan programar actividades divertidas en esas horas para estimular la mente. Sin embargo, la tristeza dominical contiene un punto de alerta: se percibe una amenaza en todas las cosas y, por eso, en el fondo, no queremos desoír la depresión. Una depresión solo es exitosa cuando te convence de que puede conspirar en la sombra.

Uno puede dedicarse a tomar cañas y a contar chistes con sus amigos. Pero el bicho sigue debajo, asoma en los silencios y, sobre todo, al pagar la cuenta, al caminar hasta casa, al lavarte los dientes, al tumbarte en la cama. En los casos más graves, los domingos no se duerme.

Toda esta historia sería fácil de resolver si el mal solo afectase a quienes detestan su oficio, pero nada más lejos; quienes desempeñan trabajos vocacionales también lo sufren con fuerza. ¿Y si se trata de miedo? ¿Y si el domingo, con sus silencios, sus carreteras limpias y sus persianas bajadas nos susurra que lo único necesario para estar en paz es respirar y alimentarnos? ¿Nos aterra tomar perspectiva y percatarnos de que no deseamos ningún trabajo y sospechar, en consecuencia, que nos estamos sacrificando para nada?



Los parques temáticos mas insólitos de Japón

Japón vive desde tiempos remotos en una dualidad continua. Aunque su religión sintoísta y su educación han intentado que su sociedad fuera el sumun de la armonía, sus habitantes, como seres humanos, han acabado encontrando vías de escape que contuvieran pasión y adrenalina.

El resultado expone miles de contrastes: a escasos metros de un templo a menudo se puede encontrar un pachinko (
sistema de juegos muy similar al de los pinballs):


Alrededor de cada parque mudo hay un barrio lleno de rascacielos reproduciendo 15 anuncios a la vez; en las estaciones de metro se cruzan miles de salaryman (término con el cual los japoneses designan a los ejecutivos de bajo rango en una empresa) con jóvenes vestidos de cosplay y en cualquier espacio público hay que guardar silencio, pero al acudir a un izakaya (bares aptos para socializar) hay tanto ruido que hacen falta timbres para llamar a los camareros. Esto es Japón. Por cada aspecto tradicional hay una contraposición.

Un ejemplo de este fenómeno son los parques de atracciones: a pesar de que en su modo de vida haya cierto sosiego, los más de 150 parques de atracciones que hay en el país demuestran que los japoneses también buscan potenciadores de emociones.

Enumerarlos todos sería tedioso. Solo entran en este elenco los parques de atracciones más insólitos de Japón:

1. Villa Española de Shima

Se trata de un parque temático basado en España. Situado en la prefectura de Mie (lejos de todas las típicas ciudades turísticas niponas), atrae a los japoneses con atracciones como La Tomatina (tomates giratorios que se chocan entre ellos), el carrusel de Gaudí (un tiovivo decorado inspirado en el pintor catalán), el Barco Santa María o el viaje aventurero de Don Quijote, entre otras. Además de atracciones hay réplicas de la plaza Mayor de Madrid, el parque Güell, la Cibeles o el Castillo de Xavier. 


Todo acompañado de espectáculos y desfiles de lo más curioso: chicos disfrazados de toros cantando canciones españolas, un Don Quijote versión perruna o japonesas haciendo coreografías de flamenco. Y absolutamente todos los trabajadores del parque repitiendo sin cesar «¡Adiós, amigos!».

2. La prisión de Abashiri

En una ciudad pequeña situada al norte del país se encuentra la Prisión de Abashiri. Esta cárcel fue construida en 1890 para acoger a los prisioneros más peligrosos del país por un motivo: era casi imposible escapar. Tanto el clima extremadamente frío como los alrededores compuestos por un lago, un mar y bosques hacían esta ubicación perfecta para aislar a los prisioneros. Las infraestructuras recrean la durísima vida que tenían los presos, incluyendo en el itinerario la sala de los juicios, la de los castigos o la habitación donde se bañaban. Los visitantes, para empatizar con la historia, se visten de presidiarios durante la visita y están rodeados durante todo el trayecto por muñecos a tamaño real con aspecto de presos; además pueden degustar en la cafetería «el menú del condenado».

3. Harmonyland (o el universo de Hello Kitty)

Para cualquier fan de Hello Kitty esta es una parada obligatoria. Harmonyland es una mezcla entre la versión Disney del universo de la famosa gatita y un parque de atracciones. Se puede visitar su castillo (haciendo un tour por sus habitaciones y alrededores), montarse en su tren, hacerte fotos con ella o subirte a cualquiera de las atracciones del parque customizadas al estilo de Hello Kitty. Estas incluyen un paseo en barco por una recreación de los países donde ha vivido la gatita, una noria con cabinas pintadas con la cara de Kitty, la versión del saltamontes con la cabeza de la gata y así sucesivamente.

4. Fuji Q-Land 

Al lado del famoso monte Fuji está emplazado el Fuji Q-Land, un parque de atracciones cuya meta es ser el mayor acaparador del mundo de récords Guinness. De las 14 veces que lo han conseguido, dos siguen vigentes ahora mismo: la montaña rusa más empinada del mundo y la que tiene mayor aceleración (realiza la primera subida en 1,8 segundos). El resto de atracciones, en su mayoría montañas rusas, siguen ocupando altos puestos en distintas clasificaciones: octava más alta del mundo, quinta más larga, décima más rápida y así un largo etc. con casi todas ellas. Además de disparar las pulsaciones, el parque hace guiños a la cultura más tradicional japonesa (hay una atracción liderada por el típico gato que saluda) y al universo manga.

5. Próximamente, montaña rusa-spa, Totoro y Nintendo

Actualmente están en construcción otros parques que causarán furor. Entre ellos, una montaña rusa cuyos vagones son también un spa (en la isla de Kyushu) o el parque Ghibli, que representa el universo de Totoro y que será construido en Nagoya, al lado de la «casa Satsuki y Mei», una réplica del hogar de los personajes. También están trabajando en el Super Nintendo World, una colaboración entre Universal Studios y Nintendo que será un parque de atracciones dedicado exclusivamente a videojuegos de la compañía creadora de Super Mario Bros. Todos ellos tienen intención de abrir sus puertas en 2020, mismo año en el que se celebrarán los juegos olímpicos en Tokio.




Tu memoria te miente (por suerte)

Nos pasamos la vida con una pareja que casi siempre nos miente. Su nombre es memoria. Aunque, para ser justos, hay que decir que en realidad no es que nos mienta, tan solo ficciona. Con lo que, para complicar más el asunto, debemos aceptar que la memoria nos dice la verdad. Solo que esa verdad es mentira.

Por eso, aunque se diga que el pasado no se puede cambiar, lo cierto es que nuestra memoria no para de hacerlo. Pero no con mala intención, todo lo contrario. Si actúa así es para facilitarnos la vida.

La cosa funciona como un algoritmo. Un algoritmo humano que, en palabras de Noah Harari, «opera mediante sensaciones, emociones y pensamientos». Las informaciones que recibimos continuamente entran en nuestra memoria reciente. Y ese algoritmo decide cuáles de ellas se eliminan y cuáles pasan a la memoria profunda. Entonces, es en el almacén de esa memoria profunda donde nuestros recuerdos se reconfiguran para ayudarnos a aceptar los errores, las indecisiones o los quebrantos del pasado.

Este proceso de reconfiguración funciona como un sistema de edición de vídeo. La memoria profunda posee todas los recuerdos seleccionados, pero los reedita continuamente conforme nuestras necesidades en cada momento. Eso nos ayuda no solo a llevarnos mejor con nosotros mismos, sino también, y como consecuencia de ello, a disfrutar de una existencia más llevadera.

Cuando el mecanismo no funciona con la eficacia que le caracteriza, vienen los problemas. Entonces un recuerdo que permanece incólume en nuestra memoria puede convertirse en en un profundo dolor o en un rabioso enemigo.

«Yo sé que tu recuerdo es mi desgracia», cantaba desgarradamente Chavela Vargas. Cuando el padecimiento es todavía reciente, como sucede en ocasiones con el desamor, la memoria profunda no ha tenido tiempo de hacer su trabajo. Por eso, casi todas las culturas han descubierto un sucedáneo para empujar al hipocampo, esa parte del cerebro encargada de tergiversar el pasado para hacerlo más digerible, a desarrollar su labor. El opio en Oriente o el alcohol en Occidente han sido, durante siglos, los encargados de asumir tal responsabilidad.

Porque lo cierto es que sin esa tergiversación no podríamos sobrevivir, pues nuestra mente, desprotegida frente la cruda realidad, sería incapaz de reprogramarse para seguir funcionando con soltura.

Esa es la razón por la que la función enajenante de la drogadicción ha sido utilizada desde siempre para acelerar el proceso de mixtificación de la realidad que generalmente realiza la memoria por su cuenta. Solo que como lo hace con calma, cuando el sufrimiento es insoportable, preferimos no esperar tanto. Entonces, algunos tequilas de más le echan una mano.

Esta función enajenante del alcohol, en apoyo de la mutación de la memoria, fue descrita ya en el Antiguo Testamento. Y más tarde, hace unos 400 años, nos descubrieron también la íntima relación entre la memoria y nuestro cerebro. Cuando Lady Macbeth intenta convencer a su marido para asesinar al rey Duncan expone, en apenas tres versos, los mismos conceptos que hoy desarrolla la psicología moderna:

«Con vino convenceré
de que la memoria, guardiana del cerebro
no es más que un gas, y el receptáculo de la razón»

No nos enfademos nunca con esta pareja llamada memoria que nos habla desde dentro. Es cierto que a veces nos miente. Pero lo hace tan solo para que sobrellevemos las cosas que sucedieron, cuando no fueron como quisimos.




Lamento comunicarte que no hablas bien (y los medios de comunicación tampoco)

No es que no fuera consciente de la realidad, pero si podía elegir, Mayra prefería quedarse con la cara amable de la vida. Por eso nunca jamás vestía de negro ni usaba colores apagados, aunque más de una vez su madre la tildara de payasa. 

A Mayra poco le importaba el qué dirán. Ese optimismo a veces cargante lo exhibía también para todos los ámbitos de la vida. Y el lenguaje era uno de ellos. Pocas frases negativas aparecían en su conversación y se pasaba horas y horas revisando el diccionario en busca de la palabra adecuada que expresara el buen rollo que ella llevaba dentro. Era tal su obsesión por lo positivo que su cuerpo reaccionaba físicamente cuando escuchaba palabras negativas.

El día que acudió a una cita a ciegas buscando dar un poco de alegría a su sensibilizado cuerpo fue el último de su vida. Cuando su cita le contó que había aceptado salir con ella porque varias personas le habían tachado de encantadora, Mayra, literalmente, reventó. El candidato a novio aún se está preguntando por qué mientras se limpia ciertos restos que quedaron pegados a su pelo.

Y como sabemos que más de uno se estará preguntando qué hizo explotar a la happy flower de Mayra, aquí va la respuesta: porque ‘tachar’ tiene una connotación negativa  y por eso no puede ser usada con palabras de valoración positiva. Lo mismo ocurre con ‘tildar’. Por tanto, no son correctas expresiones como: *Tacharon la reunión de muy positiva o *Tildaron la experiencia de inolvidable. Una posible alternativa sería usar el verbo ‘calificar’.

Son casos de impropiedad léxica por contraste semántico. Pero no son estos los únicos términos que nos hacen meter la pata con cierta frecuencia.  ‘Adolecer’, que significa ‘tener algún defecto o sufrir algún mal’, es incorrecto si los usamos con el sentido de ‘carecer’. Así que por muy pesada que se ponga mamá a veces, un niño no «adolece del cariño de su madre», sino que carece de él.

Tampoco ‘atesoramos’ errores ni nos ‘vanagloriamos’ de nuestro mal saber perder. Así que no es correcto decir que Fulanito atesora grandes defectos o que Menganita se vanagloria de su terquedad. Si atesoras algo, que sean euros a montones, y si te vanaglorias de algo, que sea de ser el campeón de video juegos de tus amigos.

Y por mucho que lo veamos escrito en medios de comunicación, una crisis, un desastre, un drama… no pueden ser ‘humanitarios’ porque esa palabra se aplica para todo lo que se refiera al bien del género humano.

En el caso contrario tendríamos ‘involucrar’, cuyas connotaciones son negativas. Usarlo como sinónimo de ‘implicar’ tampoco es correcto. Así pues, no nos involucramos con causas benéficas, nos implicamos.

¿Entendemos ahora por qué reventó la sensible Mayra?